martes, 22 de enero de 2019

Es bueno darse un capricho... de vez en cuando

Ya sé que hay mucha gente que dice que la virtud está en el término medio, y que lo mejor es disfrutar de todo sin darse un atracón de nada... pero puede que no siempre sea así. Cuando estás claramente disfrutando de algo, es difícil no querer más y más de lo mismo, es inherente a la naturaleza humana; casi se podría decir que renunciar a ello en aras de una hipotética salud mental sería ir contra natura, ¿no tienes esa sensación?

Así que, aunque después añadiré algunos matices, soy totalmente defensora del porno. Sí, como lo lees, lo digo claramente y de frente, sin tapujos ni ninguna clase de máscaras. De cualquier forma, lo defiendas o no, estaría bien reconocer que todos, más jóvenes o más viejos, con los bajos instintos más desarrollados o menos, ha acabado consumiendo algo de pornografía alguna vez, aunque haya sido involuntariamente. No se trata sólo de películas o videos porno, hace mucho tiempo que el género pornográfico está entre nosotros y en diferentes formatos, así que desde las revistas para adultos, la literatura erótica y aquellas pinturas de la antigüedad que mostraban claramente las costumbres sexuales de la sociedad en esos momentos, es imposible decir que nunca has tenido acceso al porno.



Hay quien dice que la pornografía es una forma burda de potenciar el erotismo, y que su forma de excitar ha perdido toda la magia de la provocación y la insinuación. Bueno, realmente no negaré que el objetivo de la primera es directo, sin dejar demasiado a la imaginación: las imágenes que captamos a través de los ojos no tienen demasiados matices, son claras y por eso provocan lo que buscan muy rápidamente y sin que el cerebro pueda divagar por otros lares. Sin embargo, cuando hablamos de erotismo, es precisamente la mente y la imaginación la que trabaja, evocando en nosotros esas mismas imágenes pornográficas que podíamos ver, pero a través de otros estímulos, como son el oído, el olfato y muy especialmente el tacto. Y claro, también depende mucho de nuestro propio mundo interior, quiero decir, de nuestra capacidad para ser más o menos sensuales, y recrear ante nuestros ojos escenas que nos exciten con mayor o menor éxito.

Como sea, el hombre es una ser sexual, que hace tiempo que encontró placer en lo que las otras especies sólo practican como medio de reproducción. Y también encontró placer no sólo en la práctica, sino en todo lo que la rodea: preliminares y ulteriores, sensaciones que puedan llevar a recordar el momento álgido, y hasta en ser capaz de provocar todo esto en otra persona que encontremos deseable. Es todo un juego que los humanos hemos perfeccionado, y deberíamos estar orgullosos y no verlo como algo vergonzoso cuando realmente nos gusta, porque realmente el que no lo hiciera es lo que no tendría que preocupar. Sin embargo, acostumbrados como estamos a esconder todos estos instintos que, insisto, casi podríamos decir que son naturales, no somos capaces de disfrutar de nuestra habilidad para hacer que todas estas recreaciones nos resulten agradables sin algún tipo de culpa.



Otra cosa, por supuesto, son los abusos que podamos llegar a realizar, y la adicción al porno, que por desgracia es un problema muy real que necesita atención. Sin embargo, creo que nos falta cultura con este tema, porque una cosa sería evitar un enganche insano a la pornografía, y otra prohibir toda manifestación de ella, de forma literal o figurada,  como si fuera el peligro número uno del mundo. Si fuéramos capaces de tomarlo con total normalidad, e intuir dónde estarían los límites entre una afición intensa y un verdadero problema de adicción, sería mucho más fácil prevenirla; pero con nuestra política de demonizar el porno, me temo que conseguimos todo lo contrario.